jueves, 10 de diciembre de 2009

LoS lOcOs SoMoS oTrO cOsMoS.


“y la gente inteligente
espera pacientemente
en la clínica mental”
Manos de Topo.


Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: "No doctor, no... loco no..." Sor Socorro lo frotó con yodo: "Pon flojos los codos -rogó-, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros." Sor Flor tomó los mohosos polos color corcho ocroso; con gozo comprobó los shocks con los focos: los tronó, brotó polvo con ozono. Rodolfo oró, lloró con dolor: "No doctor Otto, shocks no..." Sor Socorro con monótono rostro colocó los pomos: ocho con formol, dos con bromo, otros con cloro. Rodolfo los nombró doctos, colosos, con dolorosos tonos los honró. Como no los colmó, los provocó: "Son sólo orcos, zorros, lobos. ¡Monos roñosos!" Sor Flor, con frondoso dorso, lo tomó por los hombros; sor Socorro lo coronó como robot con hosco gorro con plomos. Rodolfo con fogoso horror dobló los codos, forzó todos los poros, chocó con los pomos, los volcó; soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco. "¡Pronto, doctor Otto! -convocó sor Flor-. ¡Pronto con cloroformo! ¡Yo lo cojo!..." Rodolfo, lloroso con mocos, los confrontó como toro bronco; tomó rojo pomo, gordo como porrón. Sor Flor sonó como gong, rodó como trompo, zozobró.
Otto, solo con Rodolfo, rogó como follón, rogó con dolo: "Rodolfo... don Rodolfo, yo lo conozco... como doctor no gozo con los shocks; son lo forzoso. Los propongo con hondo dolor... Yo lloro por todos los locos, con shocks los compongo...
-No, doctor. No -sopló ronco Rodolfo-. Los shocks no son modos. Los locos no somos pollos. Los shocks son como hornos; son potros con motor, sonoros como coros o como cornos... No, doctor Otto, los shocks no son forzosos, son sólo poco costosos, son lo cómodo, lo no moroso, lo pronto... Doctor, los locos sólo somos otro cosmos, con otros otoños, con otro sol. No somos lo morboso; sólo somos lo otro, lo no ortodoxo. Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos, como formó los olmos o los osos o los chopos o los hongos. Todos somos colonos, sólo colonos. Nosotros somos los locos, otros son loros, otros, topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con shocks, no los troncho, no los rompo, no los normo...
Rodolfo monologó con honroso modo: probó, comprobó, cómo los locos sólo son lo otro. Otto, sordo como todo ortodoxo, no lo oyó, lo tomó por tonto; trocó todos los pros, los borró; sólo lo soportó por follón: obró con dolo. Rodolfo no lo notó. Otto rondó los pomos, tomó dos con cloroformo, como molotovs los botó. Rodolfo con los ojos rotos mostró los rojos hombros; notó poco dolor, borrosos los contornos, gordos los codos; flotó. Con horroroso torzón rodó con hondo sopor. Rodolfo soñó. Soñó con rocs, con blondos gnomos, con pomposos tronos, con pozos con oro, con foros boscosos con olorosos lotos. Todo lo tocó: los olmos con cocos, los conos con oporto rojo, los bongós con tonos como Fox Trot.
Otto lo forró con tosco cordón, lo sofocó. Rodolfo sólo roncó. Sor Socorro tornó con poco color. Sor Flor con bochorno tomó ron: "Oh, doctor -lloró-, oh, oh, nos dobló con sonoro trompón." Otto contó cómo lo controló.
-Otto, pospón los shocks -rogó sor Socorro.
-No, no los pospongo. Loco o no, yo lo jodo. No soporto los rollos... Pronto, ponlo con gorro.-¿Cómo, doctor -notó sor Flor-, ocho volts?
-No, no sólo ocho. ¡Todos los volts! Yo no sólo drogo, yo domo... Lo domo o lo corrompo como bonzo.
-¡Oh no, doctor Otto!, como bonzo no.
-¡Cómo no, sor Socorro! Nosotros no somos tórtolos o mocosos; somos los doctos... ¡Ojo, sor Socorro! No soporto los complots...
Otto con morbo soltó todos los volts, los prolongó con gozo. Sor Socorro con sonrojo sollozó. Sor Flor oró por Rodolfo. Rodolfo roló como mono, tronó como mosco. Otto lo nombró: "Don gorgojo", "loco roñoso", "golfo". Rodolfo zozobró con sonso momo. Otto cortó los shocks.


Las vocales malditas

MeTaFÍsIcA Del dOlOr


Entre las muchas cosas que me impiden conformarme con este universo está la existencia del dolor: nunca he logrado comprender cuál sea su sentido, para qué lo experimentan los animales y para qué, los hombres. Que el dolor exista es incompatible con la idea de un dios creador colmado de bondad y, también, con la creencia atea de que el mundo está ahí sin ningún propósito. El dolor tiene una razón de ser tan evidente: existe para que suframos, que su presencia delata un plan malévolo, un propósito ruin. Este plan no puede adjudicarse a Dios -sin convertirlo en un ser perverso- ni a la Naturaleza, porque en una versión estrictamente laica la Naturaleza carece de propósitos.
Metafísicamente, pues, me resulta incomprensible la razón de ser del dolor, y menos la entiendo cuando paso la vista por el mundo y descubro su obscena omnipresencia, porque no sufren unos y otros no, sino que todos sufren en algún momento y, a veces, casi en todo momento.

¿Por qué hay tanto dolor? es, todavía, aun pregunta más difícil de contestar, pues se formula cuando uno constata que en el manifiesto del mundo no sólo se exhibe un plan maligno, sino un proyecto de saña encarnizada, de crueldad obtusa. Y da igual comprobarlo frente a un perro que escapa ensangrentado de las ruedas de un auto, que en la tristeza impotente de un niño que ha perdido a su madre. ¿Por qué el dolor? ¿Para qué el dolor? sería tan fácil que la naturaleza nos hubiese dotado con un dispositivo que nos desconectara automáticamente en cuanto la intensidad de la sensación negativa llegara hasta cierto punto. Si el perro atropellado ya está condenado a morir ¿para qué ese tormento? Si la ausencia de la madre es irreparable ¿para qué cuenta el niño con esa lastimosa capacidad de sufrir?

Se ha dicho que el dolor humaniza y es verdad: quienes han sufrido son generalmente más comprensivos; el dolor enseña la compasión, la tolerancia y el perdón. Pero también es cierto lo contrario: el dolor nos vuelve fieros, rencorosos, vengativos, inhumanos, pero aún suponiendo que siempre nos hiciera mejores, hasta en ese caso, no parece un recurso legítimo; yo, al menos, no lo emplearía ni con mi perro ni con mi hijo.
Y, sin embargo, en este universo el dolor está ahí, detrás de todo, pues cualquier cosa puede llegar a dolernos, hasta el amor, y sobre todo el amor. Los seres humanos contamos con una insondable capacidad para experimentar dolor. A la percepción del dolor se le llama sufrimiento. La distinción no es ociosa, pues permite entender porque, aunque todo puede llegar a provocarnos dolor, no todos lo sufrimos con intensidad idéntica.
El fuego causa dolor, el hambre causa dolor, una herida causa dolor; pero la impresión de esos dolores no es la misma de persona en persona ni de ocasión en ocasión: puede ser la misma quemadura, pero sufrimos menos cuando es el resultado de una torpeza en la cocina que cuando nos la inflige un torturador; puede ser la misma herida; pero la sufrimos más en mitad del campo de batalla que en mitad del campo de golf; puede ser la misma hambre, pero taladra más el hambre de los días de miseria que el hambre autoimpuesta en una huelga de hambre por la dignidad.
Y también conviene distinguir entre dolores físicos y dolores morales, y no porque unos se prendan de las terminales nerviosas y nos arrojen beatamente a los médicos y a los brujos; a los analgésicos, a los somníferos, al opio, a la morfina, y a nosotros, mas bien, muerdan el alma y nos esclavicen al diván del psicoanálisis o al confesionario, sino porque según sea la jerarquía que establezcamos entre ellos, pertenecemos a un tipo peculiar de persona. Así, quienes temen por encima de todo al dolor físico están destinados a ser esclavos de los poderosos, y quienes temen más a los dolores morales están destinados a ser esclavos de sí mismos. Frente al dolor unos son títeres del medio y otros marionetas de la culpa.

El dolor y, su correlato, el sufrimiento hacen del ser humano un ser en el que no se puede confiar: es posible que nuestro prójimo esté demasiado partido, demasiado doblado: sería imprudente creer que sus actos son libremente adoptados. Los actos humanos verdaderamente importantes son la bastarda consecuencia de la coacción del dolor. El dolor hace del hombre no una sufriente especie digan de compasión, sino una especie paimada digna del más cauto de los recelos.
El ser humano a causa del dolor es lumpen ontológico, animal predispuesto a obedecer y a lanzarse contra lo que le ordenen, pues, aunque la conciencia ciertamente permita que nos distanciemos del dolor, al conceptuarlo, no por ello conseguimos sobreponernos al vergonzoso instinto de sumisión que nos hace lamer la mano que nos hiere. No somos exactamente como el animal: uno con el dolor, pero tampoco logramos reapoderarnos de nosotros mismos desprendiéndonos del dolor: lo taremos untado en el ser. Y es que, aún no siendo todos los dolores igualmente graves –como aquél a que se refería César Vallejo cuando decía que hay dolores “como del odio de Dios”- nosotros nos encargamos de empatarlos. Cuando se trata de sufrir lo hacemos con toda nuestra capacidad, sufrimos como perros sin tomar en cuenta que lo que duele tenga o no importancia.
Solo los dolores ajenos nos parecen pequeños y eso que, por las experiencias que cada cual posee, en estos casos, siquiera, uno podría ser solidario. De esta indiferencia, sin embargo, no somos responsables, pues, paradójicamente, el dolor no queda en la memoria. Recordamos sí que alguna vez nos dolió, que sufrimos; pero no somos capaces de reproducir el recuerdo del dolor como lo hacemos cuando se trata de recordar una dirección o un teléfono. El dolor no tiene memoria y por esa razón no nos condolemos por el dolor ajeno; podemos sentir lástima, preocuparnos, pero no lo que se llama dolor, salvo que también sea nuestro dolor.

En el mundo hay muchas cosas inexplicables; muchas cosas que dan al traste con el principio de razón suficiente. Entre todas ellas quizá la más incomprensible sea el dolor, pues las otras empezando por la muerte y terminando por el error, son males de los que al menos de forma temporal, podemos desentendernos. El dolor es una grave falla del cosmos ante la que no podemos hacernos de la vista gorda: invade la conciencia, lo ocupa todo. La rebelión contra el dolor es una de las banderas de los inconformes.

Filosofía para inconformes

MaNiFiEsTo OnTOfóBiCo



Antecedentes autobiográficos

Desde antes de nacer: cuando en el fondo del vientre de mi madre carecía de lenguaje, cuando mi boca aún no se rajaba y tenía el rostro embozado de piel, ya mis manos buscaban sobre qué cerrarse: 70 veces intenté subir por aquella escalera de vértebras resbalosas y 70 veces caí en el océano amniótico sin haber logrado arrancar esa manzana en forma de corazón que allá en lo alto del tórax de mi madre iba y venía diciéndome que NO.

Cómo lamenté, años después, cuando en mi infancia conocí las resorteras, no haber tenido, en el pasado prenatal, un instrumento de esos para derribar de una pedrada aquél fruto prohibido y palpitante que estuve a punto de alcanzar el día en que burlado, magullado y resentido fui arrojado al mundo.

Nací odiando todo, pues inválido en mi cuna, incapaz de sostenerme en pie, de defenderme a puñetazos de las caras borrosas que se inclinaban a besarme con la fetidez de sus labios adultos, solo podía llorar, amoratarme, retorcerme dentro de la chambrita azul que me pusieron a modo de camisón de fuerza, porque desde el comienzo fui tratado como un loco, o mejor aún, como un imbécil a quien le hacían muecas grotescas y ridículas: se colocaban frente a mí y metiéndose el dedo en la boca, producían unos ruidos estúpidos: agú dadá, agú dadá o pruu pruupurrú. Y luego, para colmo, sin pensar en mi dignidad ni en mi piel escaldada por la incontinencia, me buscaban las cosquillas haciendo que me revolcara como un trozo de carne sin voluntad. Nunca odié más a mis padres.

Constantemente sentía hambre, frío, sed, calor, angustia y un incontenible deseo de alcanzar el corazón de mi madre, al que por cierto muy pronto sustituí por el foco, corazón del cuarto, y después, como Calígula, por la Luna, corazón de la noche. Fue mi anhelo de imposibles lo que me hizo crecer, desarrollarme de frustración en frustración: desde el frasco de mermelada prohibido hasta la prohibida cintura de mi maestra de kinder, desde el sueño prohibido de acogotar a mi padre hasta la almohada donde estrujaba a Marilyn Monroe, Kin Novac, María Félix y una larguísima serie de mujeres prohibidas que hicieron de mí un mocoso precoz, misógino e insomne.

Mi pubertad transcurrió en enfermerías, donde me paraban las hemorragias nasales con compresas en la frente, o en la cocina de mi casa con un bistec sobre los ojos, pues mis contemporáneos sólo conocí los golpes y de mis mayores, los golpes, la corrupción y la terquedad. Llegué a la adolescencia convertido en un consumado misántropo, pues no sólo odiaba a todos los seres humanos, cualquiera que fuese su clase social, color, sexo, edad, religión o postura política, sino que también me odiaba a mi mismo como a mis prójimos, pues era tal el parecido con mi padre que no podía verme al espejo ni matarme: qué asco manchar mis manos con esa sangre de su sangre.

Me volví retraído, arisco, solitario: sólo me sentía bien con los objetos: la pared del pasillo, la dura, lisa y fría pared que acariciaba con los brazos extendidos; los mosaicos del baño sobre los que apoyaba primero una mejilla y luego la otra durante horas hasta resfriarme; la coladera de la tina sobre la que tenía el oído para escuchar los eructos del caño y enterarme del horario escatológico de los vecinos. Pero hasta ese mundo de terrones de arcilla que pulverizaba con los dedos, de alfileres cuyas agudas puntas me ponía a mirar extasiado; ese mundo maravilloso de bolsas de celofán, cortinas de plástico, manteles ahumados, micas y láminas de acrílico, objetos que semejaban condensaciones del vacío, comenzó a repugnarme: se trataba de cosas transparentes, pero existían, estaban ahí, eran. La misma agua incolora, inodora e insípida tenía el defecto de existir, el aire completamente vano, sutíl y microscópico estaba ahí, hasta las inasibles e inmateriales ideas tenían un ser, eran reales como el corazón de mi madre.

Yo aprendí la palabra “misoginia” en Papini y “misantropía” en Lovecraft; pero mi odio iba más allá: mi odio era rotundo, total y metafísico, y requería un concepto, un término preciso que nunca encontré en nadie: ni siquiera en Shopenhauer que con el Nirvana anduvo cerca, ni siquiera en Cioran que con su moderno escepticismo anduvo cerca, ni en Bataille, ni en Bukowski, ni en el tenebroso Mallarmé. Nadie había odiado lo suficiente para acuñar la palabra ontofobia, nadie había execrado lo bastante la existencia para inventar en verbo ontofobiar. Yo, en cambio, desde nonato lo he ontofobiado todo.

Exposición de la ontofobia.

No basta con odiar la realidad, es preciso ignorarla: el odio es todavía una manera de vincularse con el mundo, una forma de deferencia, un esfuerzo que las cosas no merecen. Uno se consuela odiando, viendo desde el resentimiento, soñando con el ansiado día en que por fin todos los días terminen y la mala levadura de la que está hecho cuanto existe se pudra, se agote, se caiga en trillones de pedazos al fondo de la nada.

No hace falta esperar ni contribuir con nuestro odio a esa aniquilación: los ontófobos somos destructores pasivos, porque la acción, sea cual fuere el estrago que provoque, hace reverdecer el universo y gesta, siempre, un nuevo orden espurio: se puede golpear la roca pero sigue arena, se puede golpear la arena pero sigue harina, se puede golpear la harina hasta hacerla talco y aún el talco se puede triturar para volverlo éter; pero aunque golpeáramos el éter no podríamos deshacernos del espacio y, en cambio, no existe nada que resulte capaz de resistir el liso desdén de la espalda ni la indiferencia fulminante de unos ojos en blanco.

Los ontófobos, con todo, no perdemos la esperanza, pues de la tierra nos conmueve el irrefrenable crecimiento de los desierto, y del cosmos, la proliferación de los hoyos negros; nos conmueve también la lenta ruina que se va abriendo paso a través de las grietas, las cuarteadoras y las fallas del planeta; nos conmueve la muerte entrópica, insaciable y sistemática; nos conmueve la enfermedad: nos deja heridos, tumbados en la cama, disminuidos y lacios; nos conmueve el olvido, las quiebras amorosas, los ademanes que no obtiene respuesta. Nos conmueven los brotes en que surge el vacío y saludamos conmovidos cualquier indicio, cualquier pálido anticipo de la nada.

Los ontófobos somos solitarios. Los ontófobos no cabemos en el mismo cuarto, ni en la misma casa, ni en la misma ciudad: cada universo tiene suficiente con un solo ontófobos. Nosotros despreciamos a quienes son incapaces de estar solos, a quienes necesitan formar una pareja, pertenecer a un club, entrar en una cofradía de enfermos para hacerse fuertes. Nosotros despreciamos a los montoneros, a quienes sólo es posible psicoanalizar en masa, a quienes tienen el alma colectiva, y despreciamos a quienes se distinguen de la masa volviéndose sus jefes, sus representantes: no son nada, no valen nada: son la carátula de millones de seres zagueros, insignificancias que consiguen sobrenadar. Los ontófobos despreciamos a quienes nacen con la vocación de apelmazarse, a quienes se conglomeran como bolitas de poliuretano para formar esos rebaños que se llaman sectas o sociedades. Despreciamos a quienes se juntan para buscar calor “humano”: más de una persona irradia un calor que ya no es humano. Despreciamos a quienes liman sus aristas con tal de acoplarse. Despreciamos a quienes están de acuerdo, a quienes comulgan con el mismo dogma: son altaneros, iracundos, peligrosos: muerden a los del bando contrario. Los ontófobos despreciamos también a los del bando contrario: en esencia integran un bando igual de belicoso y cerrado. Despreciamos a todos los bandos. Los ontófobos somos solitarios.

Los ontófobos odiamos a los solitarios: son tan poca cosa que no los admiten en los rebaños: son engreídos, envidiosos, egoístas, pusilánimes y románticos. Los solitarios son almas contestatarias, puntualmente idénticas aunque inversas, siempre a un paso de ser asimiladas, de disolverse en la masa que desprecian. Los ontófobos odiamos el desprecio, porque no es la genuina indiferencia, es todavía una soga que amarra con el mundo, aunque sea una soga que flagela. Los ontófobos odiamos los látigos porque reparten caricias de odio, porque lamen con su lengua allí donde escaldan, allí donde el estallido se hace surco en la carne para sembrar la sumisión. Los ontófobos odiamos la sumisión porque es el cemento con el que se construyen los tronos de quienes deciden el orden. Y sobre todas las cosas, los ontófobos odiamos el orden, porque el orden es el soporte de la realidad.

Y por eso preferimos el silencio a la furia y al sonido, y nos parece mejor el nadir que el cenit, y creemos que el caos está por encima del cosmos, y la antilógica de la poesía por encima de la lógica cuadriculada de la ciencia. Los ontófobos estamos más cerca de la anarquía espontánea de la plebe que de la anarquía reflexionada de la aristocracia: el poder nos produce náuseas, y la riqueza, placer. A los ontófobos nos atrae el placer, porque el goce extingue por un momento la conciencia, y nos gusta la risa, porque es un solvente del orden: lo que divierte divorcia del universo; no es casual que la risa sea fragmentaria: entre cada ja ja se cuela la nada: por eso la risa rompe cuanto embiste. Los ontófobos amamos la risa y, por ello, nos dan risa los románticos, esos odiadotes moderados: adolescentes con un ridículo conflicto de abismo generacional. El abismo que los ontófobos quisiéramos cavar no es tan sólo la fosa para que quepan nuestros padre, es el barranco para lanzar a Dios con todos los dioses y todos los mundos. Es el abismo que cava la risa, la risa fácil de todos los días, la risa que está al alcance de cualquiera; pero, principalmente, la risa de quien tiene el valor de reír a solas.

Filosofía para inconformes
Fin del mundo; Los punsetes.

ReNuCiA OnTolóGiCa.


Nunca me he sentido orgulloso ni plenamente identificado con la especie animal a la que pertenezco, por lo que ahora, ya harto, renuncio a la posición erecta que solo ha permitido al hombre destacarse, enseñoreado y victorioso, sobre un montón de cadáveres; renuncio a la facultad racional que sirve para el cálculo y la estrategia de la guerra, y renuncio a la pretendidamente sublime cultura de los hombres, porque al final de cuentas no nos ha hecho mejores: milenios de civilizaciones no nos cambiaron: seguimos siendo los mismos caínes de costumbre, auque hoy en vez de quijadas usemos misiles. Desde ahora, como no puedo volar andaré a cuatro patas, como no puedo impedir que mi razón siga relacionando hilaré, en protesta, únicamente sueños. Soy el primer ejemplar de una nueva especie ontológica de desertores.

Filosofía para inconformes

AnTeSaLa A lA oNtOfóBiA


Porque esta vida es insufrible: seca como el bacalao, monótona como un reloj, pálida como los fantasmas, y las más de las veces sin chiste y sin gracia, todos procuramos estar el menor tiempo posible en ella: a la primera oportunidad nos evadimos hacia el sueño diurno o por la ventana del televisor o a bordo de la butaca de un cine o a través de la lectura, y hasta hay quienes, por impaciencia y hartazgo, deciden cortarla rebanándose las venas o ahogándose en la almohada de los narcóticos. No importa el modo: cada cual elije el más acorde con sus recursos y debilidades, pues lo mismo sirve un galón de brandi que un novelon de Tolstoi, una cancioncita pegajosa y recurrente o un billete de lotería capaz de ilusionarnos.
Siempre estamos dispuestos a la fuga, a poner en el radar de la conciencia la s imágenes que vienen de la fantasía, porque las que proceden de la vida son generalmente un fastidio: vivimos de espaldas a la realidad, sino la mayor, sí la mejor parte del tiempo, y salvo algunos masoquistas que se aferran a la insípida cotidianidad y no la sueltan, los demás, soñadores y distraídos, somos una legión de sonámbulos que vamos por las calles con los ojos en blanco pensando en otra cosa. Y es que aparte del amor (que al fin es otro sueño) son pocos los motivos por los cuales uno baja de buen grado al mundo, normalmente lo que nos lleva a él es el dolor o el hambre.

Filosofía para inconformes

Artículos electrónicos sobre Óscar de la Borbolla


Bibliografía de Óscar de la Borbolla


· Un recuerdo no se le niega a nadie -1998-
· Dejé mi corazón en Humanguillo -1999-
· El ajonjolí de todas las soluciones -2000-
· Vivir a diario -1982-
· El amor es de clase -1987- o Dios si juega a los dados -2000-
· La ciencia imaginaria -1996-
· Las esquinas del azar -1998-
· Asalto al infierno -1999-
· La risa en el abismo -2004-
· Introducción a la filosofía de Nietzsche -1991-
· La muerte y otros ensayos -1993-
· Filosofía para inconformes -1996-
· La rebeldía de pensar, -2006-
· Nada es para tanto -1991-
· Todo está permitido, -1994-
· La vida de un muerto, - 1998-
· Manual de creación literaria, - 2002-
· Ucronías -1989-
· La ciencia imaginaria, -1996-
· La historia de hoy a la... mexicana -1996-
· Instrucciones para destruir la realidad -2003-
· Los sótanos de Babel -1986-
· Mar urbe -2006-.